Momentos criticos de la humanidad

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Mi Sobrino Fabio

 


Renato Iraldi.

Mi sobrino Fabio.

 

Mario estaba, allí, anclado de frente a la cerca, sus ojos claros, azules, que reflejaban la determinación del héroe, estaban fijos sobre la puerta; Allí vería aparecer a su enemigo. Esta debería ser la última confrontación, esta vez no debía golpear, debía aniquilar; no sería la voz que ofende, sino el puño que castiga. Desde arriba una mujer, bella como una diosa, lo apoyaba; blanca como la espuma del mar, con cabellos deslumbrantes que podían dar envidia a los rayos del sol; de sus ojos claros, casi transparentes, salían destellos que avivaban el aura de la figura heroica de su hijo, dominante, seguro, decidido.

 

Mario apartó por un instante la mirada de la puerta para inventariar su armamento, todo estaba allí: un helicóptero que movía sus aspas revolviendo el aire a su alrededor, un avión de combate comprado recientemente, y que su enemigo no había visto aún, un rifle que al disparar soltaba destellos de centellas, un trasatlántico que podía encender las luces del puente de comando al accionar un conmutador y una docena de soldaditos, situados estratégicamente.

 

Del otro lado de la cerca una figura delgada, vestida con un pantalón corto sin camisa y jadeante, sentada sobre una silla de estudiante pobre, con un libro que se negaba a ser leído, seguía inconscientemente el exordio de la tragedia. El calor era sofocante, una tarde de Agosto en Módena puede dejar una huella indeleble hasta a un marabino friolento, el aire no se movía, sólo moviendo la cabeza se podía respirar aire renovado, de otro modo se respiraba el mismo aire que  se acababa de exhalar.

 

El chirrido de la puerta del edificio anunció la llegada del tiempo, una densa conmoción salió expedida del cuerpo de Mario y me arrancó el libro de la mano, mientras lo recogía avisté la ventana del edificio de enfrente, la madre de Mario miraba protegida por una cortina semitransparente. 

 

Fabio salió medio dormido de la puerta del edificio, había ido a dormir la siesta y su madre y mi esposa habían aprovechado para ir al centro de la ciudad llevándose a mi hijo con ellas, Fabio debía combatir solo.

 

Mario pasó inmediatamente al ataque, disparó con el rifle en varias ocasiones y le preguntó a Fabio si le gustaba, Fabio sólo me dirigió una mirada picaresca, y una mueca de su boca me evocó una sonrisa forzada que me hizo sospechar que sentía el golpe; Mario siguió sin compasión su ataque inmisericorde, sacó el helicóptero e hizo girar su gran hélice por medio de la pila que venía incorporada, Fabio callaba; Mario prendió las luces del puente del trasatlántico y simuló un ataque aéreo con el avión. Fabio me miró, y agarrándose a la última rama endeble de su salvación, preguntó: ¿Tío me llevas a comprar un helado? Mario tambaleó, su infantil rostro sufrió una transmutación morbosa. La llegada de un imprevisto.  Cuán pronto debe, este niño de cuatro años, aprender que las empresas mejor planificadas, las empresas llevadas a cabo con el mejor esmero y mayor dedicación pueden fracasar por la sola presencia de este demonio omnipresente, ganador de batallas, aniquilador de héroes, perverso dañador de virtuosos; tan nuevo era en el mundo que aún no le conocía.

 

Me encontraba yo en Italia con mi mujer y mi hijo de 4 años en casa de mi suegra en Módena conjuntamente con mi cuñada y su hijo Fabio de cinco años, Fabio criado en Caracas, en un ambiente latino, parecía mas maduro que los niños italianos de la misma edad y se había impuesto psicológicamente sobre los otros niños del vecindario; así, casi todos los días con alguna salida como:  “Yo tengo este juguete y tu no lo tienes”  lograba hacer llorar a algún niño del lugar satisfaciendo así su infantil instinto de imposición en la jerarquía. Mario había sido la víctima designada, criado en la provincia italiana, rodeado de afecto familiar, único hijo de una familia bien acomodada, no estaba preparado para resistir  la agresividad de los niños de las grandes  ciudades. Así, todas las tardes, la mamá de Mario venía a buscar, al jardín, a su hijo bañado de lastimosas lágrimas.

 

Pero que te crees, ¡insolente! que te voy a salvar del juego que tu prefieres jugar sólo porque no estás ganando, crees que se puede perdonar fácilmente que hagas llorar a los niños del vecindario cada vez que estando ellos tranquilos, y sólo para tu perversa diversión, les gritas “CATTIVO TE VOY A LLEVAR PREEESO”. Crees que te voy a perdonar tus chantajes cuando quejándote con cara de mártir nos increpas con el  “¡tu no me quieres!”.  ¡BEBE ahora! bebe la amarga hiel que tu haz enseñado a destilar.

 

No, ahora hace demasiado calor para estar cogiendo sol por esas calles; y me encerré dentro del libro. Fabio me lanzó una mirada picaresca como señalándome ¡También tú! Por mi espalda corrió, libremente, un calofrío. Miró hacia la ventana, la mamá de Mario se retiró ruborizándose.

Los dados estaban echados, todos habían asumido su rol, sólo faltaba el desenlace.

 

Fabio corrió pasando frente a Mario, se detuvo y recogió un palito, se volteó y usando el palito a modo de avión se dirigió hacia Mario, ta, ta, ta. Mario dobló las rodillas y con su cuerpo trató de proteger su trasatlántico, su cuerpo reflejaba un dolor confuso. Fabio lanzó el palito hacia delante, corrió a recogerlo y lanzándolo exclamó: Mira como vuela. Corriendo otra vez, pero de forma saltarina  fue a recoger el palito y, regresando, lo usaba como peine diciendo, mira Mario, también es un peine; Mario se arrodilló, sus manos ya estaban vacías, su cuerpo ya no protegía nada... Como una roca cayó la nefasta sentencia. ¡Mira Mario, yo tengo el palito y tu no lo tienes!

 

Cuando se fue la mamá de Mario, que bajó a buscar a su hijo convulso y presa de lacerantes  lágrimas, las más amargas que puedan salir de un tierno infante, aparté de mi cara el libro que ocultaba mi vergüenza,  y vi a Fabio que estaba medio paralizado, la expresión de su rostro era de preocupación y miedo, parecía un niño que acaba de romper el jarrón favorito de la mamá, o, mas bien, un ratero que en el desorden de su oficio ha asesinado un inocente: la mirada vacía, las piernas sin fuerza, la vivacidad perdida, la frente arrugada, la mente alienada.

 

Subí al apartamento y me puse una camisa, al bajar noté que Fabio no había cambiado ni de lugar ni de posición, lo tomé de la mano y juntos salimos del edificio, caminando... al rato pasamos frente una heladería... Fabio no quiso entrar.

 

Renato Iraldi.

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