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Celestino V. El papa que abdicò al papado. (La gran negativa)              Del libro "Los papas malos" de E.R. Chamberlain.

El 5 de julio de 1294, nueve hombres, fatigados pero obstinados, se reunieron una vez más en cónclave, como venían haciéndolo durante los últimos dieciocho meses.Cuando  el Papa reinante murió en 1292, eran doce, pero hasta un Sacro Colegio tan minúsculo tenía que sufrir sensibles bajas en tan prolongado debate. El anciano decano del colegio había muerto; otro cardenal yacía ahora gravemente enfermo, y un tercero estabade luto por la muerte de su hermano en aquella mañana de julio. El cónclave tenía lugar en Perusa, pues Roma sufría por entonces una epidemia de peste. Cuando se declaró la enfermedad, la mayoría de los cardenales habían salido corriendo de Roma en busca de la frescura y la salubridad de los lugares montañosos. Pero los cardenales romanos, conscientes de que su poder estaba enraizado en la ciudad, se habían quedado, aceptando, en bien de las ventajas políticas, el calor y las emanaciones de aquel verano romano azotado por la peste. Se produjo un conato de cisma cuando los que se habían quedado en Roma afirmaron que ellos constituían el auténtico cónclave; y al surgir este problema secundario se descuidó el propósito fundamental del cónclave. Al fin,los cardenales romanos cedieron, y, en octubre de 1293, se unieron a sus colegas en Perusa, la amurallada ciudad situada sobre una pendiente. Invirtieron todo aquel invierno en inútiles reuniones. Al llegar la primavera, el reyde Napóles, dudoso aliado de la Iglesia, se presentó ante ellos para pedirles, con amenazas apenas disimuladas, que pusieran fin a tan escandalosa demora. Los cardenales estaban infringiendo la ley aprobada veinte años antes precisamente para evitar estos retrasos. La elección de 1271, precedida de tres años de intrigas y disturbios, había tenido lugar después de que los ciudadanos perforaran el tejado del palacio donde estaba reunido elcónclave, irrumpieran en él y forzaran una decisión. Inmediatamente después, se decretó que los cardenales reunidos en cónclave serían emparedados, y sus raciones se les reducirían día a día hasta que llegaran a una decisión. Pero los cardenales siempre preferían la comodidad al deber, exclamó furioso el rey Carlos: Habían impedido la aplicación de esa «terrible ley», como la llamaban ellos, y, en consecuencia, seguían remoloneando y discutiendo. Los reproches del rey fueron recibidos con un violento estallido de Benedicto Gaetani, el miembro más franco del Colegio. Le recordó al rey que la elección del nuevo papa estaba exclusivamente en manos de los cardenales: ningún hombre tenía derecho a ejercer presión sobre ellos aunque permanecieran allí por los siglos de los siglos. No importaba que toda la Cristiandad estuviera esperando; los cardenales harían su elección como y cuando lo consideraran conveniente. Carlos se marchó furioso, y el cónclave continuó, semana tras semana, durante toda la primavera y parte del verano, hasta que al fin dio la impresión de que no había razón para que acabase algún día. En principio parece sencillo que once hombres lleguen a un acuerdo con relativa rapidez. Pero el cónclave se encontraba dividido entre dos grandes familias romanas, los Colonna y los Orsini, que habían transplantado al seno del Colegio la rivalidad que sembraba de cadáveres las calles de Roma. El último papa había sido un Orsini, y los Orsini no querían ni pensar en desprenderse de tan gran poder. Pero los Colonia no estaban dispuestos a que renaciera el dominio de los Orsini. Por eso, los miembros de las dos grandes casas se enfrentaron en el cónclave a lo largo de agotadores meses, pero sus fuerzas seguían demasiado equilibradas para que una derrotara a la otra. Los neutrales se mantenían en un incómodo equilibrio. Algunos, como Benedicto Gaetani, acechaban su oportunidad; otros se resistían a incurrir en la hostilidad automáticade una familia al apoyar a la otra. En vano, el decano del Colegio, el anciano y achacoso Latino Malabranca, había instado a sus colegas para que olvidaran los intereses familiares.Sólo un loco, dijo, querría echar sobre sus hombros la pesada carga de la tiara. «Lostiempos eran malos.» Los sarracenos se habían apoderado otra vez de Acre y Trípoli; los reyes de Francia e Inglaterra estaban enzarzados en una guerra que amenazaba la unidadde la Cristiandad. Los bárbaros españoles estaban amenazando Sicilia, un dominio de laIglesia. Pero nadie le hizo caso.
Las naciones de Europa eran muy dueñas de pensar que la Silla de Pedro se alzaba por encima de las naciones, pero ellos la veían como lo que era: la presa suprema para una familia romana. Los cardenales tomaron asiento en medio del sofocante calor de un día de julio. Pronto, como habían hecho tantas veces, levantaron la sesión para volver a sus palacios,secarse el sudor, comer, descansar y recuperar energías con vistas al próximo encontronazo. Ya se habían utilizado todos los argumentos habidos y por haber; ya se habían formulado todas las amenazas posibles. Ninguno de aquellos hombres contaba con el apoyo necesario para conseguir la mayoría de dos tercios, y todo parecía indicar que así seguirían, reuniéndose una y otra vez, durante todo el asfixiante verano, durante todo un nuevo otoño, durante todo el invierno, soportando las espesas nieblas de Perusa. Aquella mañana habían asistido al funeral del hermano de Napoleón Orsini; la sesión del cónclave había transcurrido con solemnidad poco acostumbrada. La sombra de la muerte se cernía sobre las cabezas de aquellos hombres sofisticados. Desde luego, había languidecido la eterna conversación sobre política. Fue entonces cuando Latino Malabranca, sin dirigirse a nadie en concreto, anunció que había recibido una carta muy perentoria de un santo ermitaño, prediciendo que la venganza divina caería sobre ellos si no elegían pronto papa. Los cardenales no se sintieron particularmente afectados por aquello. El último año había sido pródigo en mensajes condenatorios de santos profetas. Benedicto Gaetani alzó la vista con una sonrisa, y dijo sarcásticamente: «Supongo que es una de las visiones de vuestro Pedro de Morone». Todos sabían que Malabranca era discípulo de Pedro de Morone, el hombre santoque colgaba su capucha de un rayo de sol, el ermitaño cuyas horas de devoción venían marcadas por el tañido de una campana sobrenatural. Malabranca, irritado por el sarcasmo, admitió que la carta procedía de Pedro, y la conversación se desvió, todavía idílicamente, hacia la famosa ermita del Monte Morone. Pedro de Morone se parecía más a los anacoretas fanáticos de los primeros siglos del cristianismo que a un cristiano moderno. A pesar de su afición a la soledad, había encontrado tiempo para fundar una orden, consagrada al Espíritu Santo, que se extendía con notable rapidez. Sus adeptos se llamaban a sí mismos los «espirituales» y, aunque habían recibido las bendiciones oficiales, los miembros más conservadores de la jerarquía miraban con mucha suspicacia su devoción casi fanática por la pobreza y la sencillez. El propio Pedro había conseguido una indeseada fama, y pasaba la mayor parte de su tiempo trasladándose de una remota montaña de los Abruzzos a otra para esquivar las hordas deperegrinos. Ahora se había instalado en una celda, en la cumbre del Monte Morone, y desde allí había dirigido su carta a Malabranca. Aquella inocua conversación se fue animando poco a poco a medida que los cardenales relataban las leyendas que corrían sobre Pedro, unos quizá con rencor disimulado, otros con auténtica convicción. Entonces, Malabranca dijo en voz alta: «En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, elijo al hermano Pedro de Morone». Aquello pareció una idea fantástica, una demostración casi milagrosa de la doctrina de que, en último término, era el Espíritu Santo quien guiaba la decisión del cónclave.

Aquella guía se había manifestado en el pasado en formas algo intrigantes, pero la de ahora parecía una elección pura e inequívoca: un hombre virtuoso consagrado al EspírituSanto era elegido espontáneamente. Cinco cardenales dieron inmediatamente su aprobación. Sus motivos, al contrario que los de Malabranca, pudieron ser muy diversos, aunque los Colonna aseguraron después que habían elegido a Pedro exclusivamente «por la fama de su santidad». No obstante, aquellos motivos fueron lo bastante buenos para romper el punto muerto, y los Orsini siguieron el ejemplo de los Colonna. Lo mismo hizo Benedicto Gaetani. Había sido su burlona pregunta la que habíaprovocado indirectamente la decisión —decisión que, desde luego, ni esperaba nideseaba—. Ese hombre frío y arrogante había mantenido una actitud independiente durante los dieciocho meses precedentes, contribuyendo a mantener el punto muerto con sus negativas a votar por uno de los dos partidos en conflicto. Estaba emparentado, aunque de lejos, con las dos familias, y era bastante razonable esperar que el cónclave acabaría convenciéndose de la imposibilidad de elegir a un Orsini o un Colonna y volvería su vista hacia él. Pero ahora todo parecía indicar que una locura colectiva se había apoderado de sus compañeros. Sin embargo, votó como los demás. Pedro de Morone era un hombre muy viejo,bien adentrado en los ochenta, y la propia Naturaleza se encargaría de que su pontificado fuese breve. Benedicto Gaetani tenía poco más de sesenta años y gozaba de buena salud,a pesar de que padecía gota y piedra. Aún le quedaba tiempo. En las elecciones normales, informar al nuevo papa del resultado era una cuestión rutinaria, pues si no se encontraba en la sala en el momento de la elección, estaba esperando ansiosamente no muy lejos de la puerta. Pero el hombre a quien el Espíritu Santo había elegido esta vez se encontraba en una cueva de las montañas, a unos 250 kilómetros de distancia. El protocolo exigía que los cardenales le llevaran personalmente la noticia y obtuvieran su consentimiento formal. Pero la vehemencia del primer momento se había desvanecido ya. Hacer un viaje agotador hasta la desolada cordillera en que Pedro tenía su celda iba en contra de la dignidad de los príncipes de la Iglesia. Se delegó la tarea en tres hombres de rango menor, uno de los cuales, Jaime Stefaneschi, escribió una crónica del notable episodio. La embajada papal empleó cinco días en hacer el tedioso viaje, y cuando llegó seencontró con que otros se habían adelantado. Carlos, rey de Ñapóles, no había considerado Contrario a su dignidad real acudir en persona a felicitar al papa electo. Le había impulsado la política más que la piedad, pues Pedro de Morone era subdito de su reino..., un subdito repentinamente muy importante. El grupo papal y el real, mutuamente suspicaces, iniciaron la penosa escalada de la montaña donde estaba la celda de Pedro. Estaban aún subiendo por los rocosos senderos,sudando bajo sus inadecuadas vestiduras, cuando se unió a ellos un enviado de última hora procedente de Perusa. El cardenal Pedro Colonna se lo había pensado mejor. Sería fácil obtener cuantiosos beneficios de un papa tan ingenuo, sobre todo en los primeros y confusos momentos de su reinado, y Colonna, dejando de lado cualquier consideración sobre su dignidad cardenalicia, había decidido estar presente en el reparto.

 Así lo recoge con desaprobación Stefaneschi, quien aparta después al oficioso cardenal de sus pensamientos para registrar la fantástica escena que se desarrolló ante sus ojos al final de la jornada. Pedro de Morone había elegido una caverna situada a más de 300 metros de altura en una montaña desolada. El grupo tuvo que apiñarse en una estrecha plataforma que acababa por uno de sus lados en un precipicio. Las noticias del cortejo que se aproximaba habían llenado a Pedro, no ya de desmayo, sino de miedo cerval. Había intentado huir una vez más a un refugio todavía más remoto, pero sus discípulos, con una apreciación más inteligente de las posibilidades que abría aquella situación, le habían disuadido. Cuando Stefaneschi le vio, estaba escudriñando a través de los barrotes de su celda, con los párpados enrojecidos y humedecidos por las lágrimas, e lrostro demacrado. Daba la impresión de que casi no comprendía lo que le decían; después se tiró al suelo, rezó, se levantó y, con infinita reluctancia, aceptó. Aquella escena podía haber servido de tema para una de esas alegorías tan de moda entonces. Un rey coronado con sus hijos y su corte, un príncipe de la Iglesia y otros altos prelados, postrándose sobre el duro suelo ante un simple ermitaño, rivalizando por besar los peludos borceguíes que protegían sus pies, aclamándole Pontífice universal. Al fin se escabulleron de aquella reducida meseta y organizaron una tosca procesión. Las partes bajas de las laderas del Morone estaban cubiertas de peregrinos que habían acudido a cientos para presenciar el nuevo milagro. Seglares y eclesiásticos descendieron al valle cantando himnos triunfales, y allí acabó su efímera amistad. El grupo papal esperaba poner rumbo al Norte, hacia Roma, en cuanto el anciano estuviera en condiciones de viajar. Pero el rey Carlos de Ñapóles no tenía intención de soltar su presa tan fácilmente. El nuevo papa debía quedarse en su reino, en el mismo Nápoles a ser posible, donde podría manipularlo de acuerdo con las necesidades napolitanas. Los eclesiásticos se opusieron —y muy enérgicamente—, pero no les sirvió de nada, porque Pedro en persona se negó a ir al Norte. Fue en lo único en que se mantuvo firme. Había pasado toda su vida en el Sur, y nada podría inducirle a arrostrar los encrespados y desconocidos peligros del Norte. Al negarse el papa a ir a los cardenales, los cardenales fueron, de mala gana y uno a uno, al papa. El último en llegar fue Benedicto Gaetani, perfectamente consciente de que estaba entrando en territorios del mismo rey a quien había increpado con tanta violencia en Perusa. Pero el rey Carlos había ganado la baza más importante, y se sentía tan feliz, que pasó por alto un altercado menor con tal de asegurarse la amistad de un hombre de la talla de Gaetani. Así que ambos se reconciliaron. La coronación tuvo lugar en Aquila el 29 de agosto. Pedro de Morone adoptó el nombre de Celestino. Según las crónicas, doscientas mil personas se agolparon en la pequeña ciudad; campesinos y ciudadanos de muchas millas a la redonda se volcaron allí para contemplar la apoteosis del Sur. El papa Celestino V era un compatriota y, respaldado por el poderío del rey de Nápoles, indudablemente, le devolvería el poder y la gloria al Sur,tanto tiempo oprimido por el arrogante Norte. Así pensaban muchos, y sus esperanzas quedaron aparentemente justificadas en octubre, cuando Celestino anunció que iba a establecer su sede en Ñapóles. Una vez más, Gaetani hizo de portavoz de Roma —un violento portavoz—, que casi explota de ira al recibir la noticia. «Id con vuestro santo —aulló—, pues yo no iré con vosotros, ¡ni permitiré que el Espíritu Santo me engañe más sobre él!». La blasfemia no pasó desapercibida y fue cuidadosamente registrada. Sin embargo, Gaetani fue, como lo hizo toda la corte. En Nápoles, la situación pasó rápidamente de comedia a farsa, y luego a tragedia. Celestino estableció su cuartel general en el Castello Nuovo, la fortaleza que, con sus cinco torres, aún domina el puerto. Su primer acto de gobierno fue ordenar la construcción de una celda de madera en una de la sgrandes estancias del castillo, y allí, señala Stefaneschi, se ocultó como el avestruz, que se cree invisible y seguro cuando esconde la cabeza. El pobre viejo se sentía completamente perdido, absolutamente descentrado en medio de aquella sociedad sofisticada a la que le habían arrojado tan bruscamente. Los cardenales le asustaban. Eran hombres mundanos, de experiencia, y él se había pasado la vida huyendo del contacto con las gentes. Ni siquiera sabía hablar con ellos en la lengua aceptada por la corte; ellos renunciaron condescendientemente a su pulido latín para conversar con aquel rústico papa en lengua vernácula, la única que podía comprender. Sus consejeros y confidentes eran los monjes que había conocido en los buenos tiempos. Sólo en su compañía se sentía a gusto el desgraciado papa. Ignoró el funcionamiento de la vasta organización a cuyo frente estaba ahora, salvo para la concesión de privilegios a sus comunidades monásticas. La antigua Orden de los Benedictinos —y en particular la poderosa abadía de Monte Cassino— fue despojada en favor de los semifanáticos «espirituales», con lo que se sembraron las semillas de odios futuros. Los cazadores de empleos pululaban por la corte. Celestino no tenía ni idea del valor de los ricos regalos que ahora podía repartir. Le desconcertaba aquella ansia de beneficios, y los concedía indiscriminadamente. Hicieron su aparición las bulas en blanco,vendidas por funcionarios de la Cancillería carentes de escrúpulos a compradores que luego las rellenaban como mejor les convenía. Desaparecieron los lujosos banquetes y entretenimientos que se habían convertido en lugar común de la vida cortesana, y no por edicto, sino de forma natural. Los despliegues lujosos ofendían y, sobre todo, aturullaban a Celestino, el eterno asceta. Los cronistas lo pintan vagando de sala en sala del castillo,suspirando por el aire libre de Monte Morone, mascando un mendrugo seco, declarando que ése era el único alimento realmente sabroso. La elección de un hombre bueno y sencillo, arrastrado desde su cueva al trono más espléndido de Europa, asombró, primero, y divirtió, después, a los cristianos. Parecía como si fuesen testigos de la realización de una de las recientes profecías que vaticinaban un nuevo reparto, tras del cual los humildes gobernarían a los poderosos. Un papa como Celestino quizás hubiera tenido sentido en los primeros siglos de la Iglesia, antes de que el aparato de gobierno ahogara a los hombres que lo construyeron. Pero en el siglo XIII era un anacronismo, y estaba tan fuera de lugar como un mártir del siglo i en las actuales ruinas del Coliseo.
En poco más de un mes, Celestino redujo la burocracia al caos con sus regalos indiscriminados y sus retractaciones, creando una maraña inextricable que su sucesor podía cortar, pero no desenredar. Consciente de su incapacidad, buscó la forma de salir de sus dificultades formando una especie de regencia compuesta por tres cardenales.Afortunadamente, el Sacro Colegio le disuadió de tan peligroso experimento, que hubiera dado a la Iglesia cuatro jefes simultáneamente; pero la situación se aproximó con rapidez a lo insostenible cuando Celestino decidió desembarazarse de su intolerable carga. El saber que, en cierto modo, estaba traicionando a los que amaba, a aquellos«espirituales» que habían aclamado su coronación como el advenimiento de una nueva era regida por el amor, le hacía aún más desgraciado. El portavoz de la secta era Jacopone daTodi, poeta y pecador en otro tiempo, mitad santo, mitad fanático, que ahora modelaba su vida siguiendo el ejemplo de san Francisco, pero llevando al extremo el ascetismo franciscano. Jacopone enviaba desde su lejana celda lúcidos consejos a su viejo maestro advirtiéndole contra el peligro de perderse en aquel cinismo general. «Guárdate de los cazadores de cargos, de los hombres hábiles pero de lengua pérfida. Guárdate, sobre todo,de la ira de Dios que descenderá sobre el que deje pasar esta inapreciable oportunidad de reformar el mundo.» Celestino estaba en una posición imposible. Por un lado, se encontraban los hombres a los que había dado una nueva orden y una nueva esperanza, que le exhortaban a inaugurar el reinado del amor. Por otro, los rudos y cínicos burócratas papales que le utilizaban para sus propios fines o intentaban obligarle a adoptar un estilo de vida que le era completamente ajeno. Y también estaba el rey Carlos de Ñapóles, ejerciendo un tercer tipo de presión, esperando sólidos beneficios a cambio de su protección. Celestino inundó obedientemente el Sacro Colegio con partidarios de Carlos, nombrando incluso a uno de ellos de una forma completamente fortuita: cardenal «después de la cena», como decía indignado otro cardenal. De los nuevos cardenales, siete eran franceses, pues Carlos,descendiente de la casa de Anjou, deseaba mantener vivos sus lazos con Francia. El Sacro Colegio, en el que residía el exclusivo derecho de elegir al papa, se componía sólo de  franceses e italianos, primer indicio claro del cisma que vendría más tarde. Nadie hubiera podido precisar después en qué momento exacto, o por consejo dequién, la mente de Celestino se puso a acariciar la idea de la abdicación. Posteriormente,los Colonna afirmaron que Benedicto Gaetani había iniciado el insidioso proceso de la duda introduciendo secretamente en la celda de Celestino un tubo acústico, y que, en el silencio de la noche, simulando una voz sobrenatural, le aconsejaba que abdicase so pena de enfrentarse a las llamas del infierno. Dante fue uno de los que creyeron esta historia, pues Benedicto Gaetani se abrió después camino hasta el trono, y el poeta le acusó de haberse «ganado la Bella Dama mediante el fraude». Era natural que Celestino se volviese hacia un jurista de la talla de Gaetani para que le aconsejara sobre una acción de las dimensiones de una abdicación. Los precedentes eran oscuros y desagradables, pues uno de ellos iba acompañado de la venta del Papado ocurrida ciento cincuenta años antes. Latino Malabranca, el protector inicial de Celestino y el único hombre de quien hubiera podido esperar un consejo desinteresado y competente,había muerto.

Gaetani al menos no pertenecía a ninguna de las facciones que se disputaban el dominio del Sacro Colegio, claro que la razón estaba en que se atenía estrictamente a sus objetivos personales. Fuese quien fuese el que tomó la iniciativa de acercarse al otro, desde el mismo momento en que Celestino decidió abdicar, Gaetani se encargó de guiarle a través de los peligrosos escollos legales y políticos. La noticia se filtró y se produjo un tremendoalboroto. Los propios monjes de Celestino, conscientes de que la abdicación de su maestro no sólo pondría fin al tan esperado reinado del amor, sino que los despojaría de sus privilegios, se dedicaron a soliviantar a los napolitanos. El rey Carlos, por razones muy suyas, también presionó sobre el viejo para que cambiara de idea. Celestino, por consejo de Gaetani, simuló reconsiderar su postura, mientras la maquinaria legal continuaba en marcha. El 13 de diciembre, justo quince semanas después de su coronación, Celestino convocó a los cardenales a lo que sería su último consistorio. Gaetani era seguramente el único que sabía lo que iba a ocurrir. Pálido, tembloroso, pero decidido, el viejo leyó un documento de renuncia que él y Gaetani habían redactado de antemano. En medio del atónito silencio que siguió, bajó lentamente los escalones del trono, y con sus propias manos se rasgó las ricas vestiduras que para él no simbolizaban el poder, sino la prisión. Salió de la cámara y volvió poco después envuelto en sus harapientas prendas de costumbre. Así acabó el gran experimento del amor. La mayoría de los cardenales aceptaron ladecisión con alivio, aunque ninguno fue tan imprudente como Gaetani, que había acusado de fraude al Espíritu Santo. Fuera del Colegio, las reacciones oscilaron desde la simpatía a la crueldad. «En el día de Santa Lucía, el papa Celestino abdicó del Papado, e hizo bien.» Éste es quizás el comentario más bondadoso. Dante fue el encargado de clavar, a modo de veredicto de la historia, una insignia vergonzosa sobre aquel hombre roto. No colocó a Celestino en el infierno, sino en sus melancólicos alrededores, merodeando entre aquellos que no habían sido ni amigos ni enemigos de Dios, porque les faltó el valor o la pasión suficiente para aliarse con el bien ocon el mal. Dante señalaba entre ellos «la sombra de aquel que hizo por cobardía la gran negativa». El cónclave se reunió diez días después de la abdicación de Celestino y, enveinticuatro horas, eligió a Benedicto Gaetani, quien adoptó el nombre de Bonifacio VIII.

Renato Iraldi

feb 11, 2013 

 

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